El termómetro de la ciberseguridad: las métricas clave para una empresa

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Nos reportamos desde el centro de la estrategia digital de las compañías colombianas, donde la seguridad dejó de ser un asunto de expertos encerrados en un sótano para convertirse en la columna vertebral del negocio. En el vertiginoso paisaje de hoy, los líderes de las organizaciones no se pueden dar el lujo de acordarse de proteger sus datos cuando la pantalla se bloquea con un mensaje de rescate porque para entonces el daño ya es incontrolable.

“Gestionar una empresa hoy sin revisar la data es como manejar un carro a ciegas esperando que los frenos respondan solos. La realidad es que la postura de seguridad cuenta con indicadores muy claros que permiten identificar si su organización presenta vulnerabilidades críticas o mantiene un nivel de protección capaz de disuadir a los actores maliciosos que operan en la red”, explica Simbad Ceballos, CEO de OlimpIA.

Por eso, se requieren medios de protección especializada que blinden las infraestructuras corporativas ante ciberamenazas y riesgos, y que se enfoquen en la detección de fraude, análisis de anomalías y la ciberinteligencia a través de soluciones especializadas. Y claro, una vez detectada la amenaza o identificado un evento de suplantación de marca, que sean capaces de enfrentarlo y neutralizarlo.

Para evaluar la solidez operativa de un negocio, uno de los indicadores más determinantes es el Tiempo Medio de Detección (MTTD). La rapidez con la que una organización identifica una intrusión define el alcance del impacto: detectarla en minutos permite contenerla; detectarla meses después implica que el atacante ya pudo comprometer activos críticos.

De acuerdo con análisis realizados por OlimpIA, a partir de métricas del sector, una empresa promedio puede tardar más de 200 días en identificar actividad no autorizada dentro de sus sistemas; un periodo que representa riesgo significativo para la continuidad y seguridad del negocio.

Si su equipo técnico no puede decirle cuánto tiempo pasa entre una alerta y su identificación real, el punto ciego de la compañía es inmenso. A esto se le suma la velocidad para aplicar actualizaciones de seguridad. Por ejemplo, si hay parches pendientes desde el semestre pasado, básicamente la empresa dejó la llave pegada a la puerta.

Otro indicador que separa a los prevenidos de los optimistas es el monitoreo de los intentos de acceso fallidos. Revisar cuántas veces alguien intentó adivinar una contraseña ayer permite ajustar los niveles de seguridad antes de que ocurra un desastre mayor hoy. Además, es fundamental medir qué tan preparados están sus empleados mediante simulacros de ataques simulados.

“En OlimpIA hemos comprobado que si en un ejercicio de prueba la mitad de la oficina hace clic en un enlace sospechoso que promete café gratis, la mayor debilidad de la organización no es el software, sino la falta de cultura digital. Educar al equipo es mucho más efectivo que salir a comprar el servidor más caro del mercado después de sufrir un robo de identidad masivo”, apunta Ceballos.

El Reporte de hoy nos muestra que el argumento definitivo para tomarse esto en serio es el costo por cada registro perdido, una cifra que debería quitarle el sueño a cualquier gerente. No hablamos solo de multas legales, sino del gasto de reconstruir la operación y el daño a la reputación, que casi nunca se recupera del todo.

La ciberseguridad ha dejado de ser un rubro administrativo para convertirse en un habilitador estratégico que garantiza la continuidad del negocio; es el motor que garantiza que un negocio se mantenga andando. Si los tiempos de recuperación ante un problema superan las 24 horas, una empresa no es competitiva en un mercado que exige disponibilidad total.

El camino para seguir no es entrar en pánico, sino empezar a exigir tableros de control claros donde la seguridad digital se explique con números reales y no con promesas técnicas difíciles de sustentar. En un mundo donde cada minuto de indisponibilidad tiene un costo, la única forma de proteger el negocio es con información precisa que permita anticipar riesgos, priorizar acciones y tomar decisiones con visión. La ciberseguridad no se administra desde el miedo, sino desde la claridad. Y esa claridad solo la dan los datos y la estrategia.