Columnista | La propiedad de los datos: la base de la confianza en la economía digital

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Por Simbad Ceballos / CEO de OlimpIA

En la economía digital persiste una premisa que aún no hemos terminado de asumir, los datos personales no son un subproducto de la tecnología, por el contrario, son el activo que sostiene la confianza sobre la que operan los mercados digitales.

Cada transacción, registro o interacción en línea se apoya en información que describe nuestro comportamiento, decisiones y relaciones. Sin embargo, mientras el volumen y valor de estos datos crecen de forma exponencial, la capacidad de gobernarlos, protegerlos y validarlos no ha avanzado al mismo ritmo. Esta brecha explica buena parte de las vulnerabilidades a las que se enfrentan las empresas, instituciones y ciudadanos.

Durante años, la ciberseguridad se concentró en proteger infraestructuras como los servidores, redes, perímetros y accesos. Ese enfoque, aunque sigue siendo necesario, resulta insuficiente en la actualidad, puesto que los ataques han evolucionado hacia modelos más sofisticados, donde ya no buscan únicamente explotar fallas técnicas, sino influir, engañar y manipular a las personas, aprovechando su contexto digital, hábitos de consumo de la información y niveles de confianza que depositan en los canales digitales.

Las cifras lo evidencian, en Colombia se identificaron más de 74.500 vulnerabilidades en infraestructuras digitales durante 2025, según el más reciente informe de ColCERT, lo que refleja la magnitud de la superficie de ataque a la que están expuestas las organizaciones. 

A esto se le suma una aceleración sostenida de ataques potenciados por inteligencia artificial. Por ejemplo, los fraudes con deepfakes crecieron un 484% en el último año (Sumsub, Identity Fraud Report 2025 – 2026). No se trata de amenazas futuristas, sino de riesgos operativos que ya están impactando la continuidad del negocio, así como la reputación y estabilidad financiera de múltiples sectores.

Este escenario obliga a replantear conceptos que dábamos por sentados. La identidad digital, por ejemplo, ya no puede asumirse como un dato estático ni como una simple credencial, pues hoy puede ser replicada, simulada o alterada con herramientas cada vez más accesibles. La voz, el rostro, los gestos e incluso patrones de comportamiento digital se han convertido en nuevas superficies de ataque, utilizadas para suplantar, desinformar o autorizar transacciones fraudulentas.

En 2023, un estudio de McAfee reveló que el 70% de las personas admitieron no poder diferenciar con seguridad entre una voz real y una generada por inteligencia artificial, de igual manera, en 2025 una nueva investigación de la Universidad Queen Mary de Londres lo reafirmó indicando que: “los clones de voz suenan tan realistas como las grabaciones humanas”. Este dato pone en evidencia que el problema no es únicamente técnico, sino estructural, la confianza digital se está desgastando a medida que lo auténtico y lo simulado se vuelven indistinguibles.

El problema de fondo va más allá de la identidad. Hablar de propiedad de los datos implica reconocer que estamos frente a una responsabilidad compartida. Para las personas, supone entender el valor real de la información que generan y comparten; para las empresas, asumir que cada dato que administran representa un compromiso directo con la confianza de sus clientes, colaboradores y aliados.

Cuando una organización gestiona datos personales, no administra únicamente información, también se basa en las expectativas, reputación y credibilidad de sus clientes internos y externos. La confianza se ha convertido en un activo empresarial crítico, capaz de afectar la operación, sostenibilidad y posicionamiento de marca.

El debate ya no es si las empresas deben invertir en ciberseguridad, sino cómo están abordando la prevención del fraude en un entorno donde los métodos tradicionales están perdiendo efectividad, atención, criterio y capacidad.

Para Colombia, este es un momento determinante, en el cual la consolidación de una economía digital sólida no depende únicamente de la innovación, sino de la capacidad de generar confianza en cada interacción, transacción y mensaje.

Los datos se han convertido en el activo más valioso; por eso, la verdadera ventaja ya no está en su volumen, sino en la capacidad de protegerlos, garantizar su integridad y asumir la responsabilidad que implica administrarlos.