Nos reportamos desde el sofá, pero con el pulso como si estuviéramos colgados del vacío. Este fin de semana, Netflix convirtió la sala de la casa en mirador extremo al transmitir en vivo la escalada del rascacielos más icónico de Taiwán. Desde que la imagen se abrió sobre la ciudad de Taipéi, quedó claro que no era una función cualquiera: era una cita con el vértigo.
El protagonista fue Alex Honnold, el escalador estadounidense conocido por llevar el “free solo” a otro nivel y por demostrar —otra vez— que la calma también puede ser una forma de coraje. Sin cuerdas, sin arnés, con una concentración quirúrgica, Honnold se enfrentó a un reto urbano que parecía imposible desde el primer plano. Cada apoyo mínimo, cada pausa para respirar, se sentía como un acuerdo silencioso con la gravedad.
El escenario no podía ser más intimidante: Taipei 101, una torre de 508 metros de altura y 101 pisos, durante años la más alta del mundo. La transmisión mostró una ascensión que se extendió por cerca de dos horas, piso a piso, con el viento jugando su propio partido y la ciudad brillando abajo como una advertencia constante. Hubo instantes de quietud absoluta que hicieron sudar las manos a medio planeta y un tramo final donde el cansancio era visible, pero la precisión nunca se perdió.
La experiencia fue, además, global. La escalada se pudo ver en vivo por Netflix, con horarios adaptados para distintos países, y se convirtió en la tendencia del fin de semana. En redes sociales, los comentarios se repitieron en todos los idiomas: “tuve que pausar para respirar”, “no pude verlo sentado”, “esto no debería ser posible”. No hubo spoilers; todo el mundo estaba mirando lo mismo, al mismo tiempo, con el mismo nudo en el estómago.
¿Y por qué importa esta crónica? Porque en tiempos de consumo rápido y distracciones infinitas, una transmisión así logró algo raro: detener el scroll. Ver a un ser humano subir 101 pisos sin red, con el cuerpo como única herramienta, no es solo espectáculo; es una lección sobre foco, límite y confianza. Netflix transmitió una escalada, sí, pero lo que muchos vimos fue una conversación silenciosa con el miedo. Y por un par de horas, nadie quiso parpadear.





