Nos reportamos desde Medellín, donde el concierto de Bad Bunny empezó mucho antes del estadio. Arrancó en el aeropuerto José María Córdova, convertido en un punto de encuentro de fans que llegaban desde otras ciudades y países, con outfits planeados al milímetro y una ansiedad compartida. La ciudad estaba tomada por un solo plan y no hacía falta preguntarlo.
El capítulo Airbnb fue parte del relato. Los precios estaban claramente inflados por la demanda —tarifas que duplicaban o triplicaban un fin de semana normal—, pero aun así apareció uno: costoso, sí, pero bien ubicado y funcional. Desde el balcón se veía una Medellín distinta, calentando motores. En los edificios vecinos sonaban playlists de Bad Bunny como si fueran himnos oficiales y en los chats la pregunta era la misma: “¿ya vamos saliendo?”.
En el estadio Atanasio Girardot el ambiente fue de fiesta total. Se calcula que más de 45.000 personas llenaron el escenario, en una marea humana que avanzó con paciencia y emoción. Cuando se apagaron las luces y arrancó el show, Medellín explotó. Sonaron Tití Me Preguntó, Moscow Mule, Ojitos Lindos, Me Porto Bonito, Efecto, Neverita y Callaíta, todas coreadas sin descanso. El momento cúspide llegó cuando el estadio entero cantó a capela, celulares arriba, y Bad Bunny dejó que el público llevara la canción: ahí el tiempo se detuvo unos segundos.
Entre las graderías y palcos, según lo que se comentaba en redes y en el mismo estadio, se dejaron ver influencers, deportistas y artistas locales, algunos intentando pasar desapercibidos con gorras y gafas. Se habló de creadores de contenido como Luisa Fernanda W, figuras del deporte y músicos del género urbano que llegaron como público, no como protagonistas. Esa noche, en todo caso, no hubo jerarquías: famosos o no, todos cantaron igual.
Para quienes no lo tienen tan claro, Bad Bunny —Benito Antonio Martínez Ocasio— es un artista puertorriqueño que pasó de SoundCloud a dominar la industria musical global. Ha sido el artista más escuchado del mundo en Spotify durante varios años consecutivos, supera los 80 millones de oyentes mensuales, llena estadios en todos los continentes y convirtió el reguetón y el trap latino en fenómenos verdaderamente globales. No es solo un cantante: es una marca cultural, económica y generacional.
El regreso fue lento y silencioso, de esos que mezclan cansancio y felicidad. Medellín, ya de madrugada, parecía procesar lo vivido. ¿Por qué importa esta crónica? Porque conciertos como este no son solo música: son turismo, economía, ciudad viva y memoria colectiva. Los Airbnb estuvieron caros, el tráfico fue eterno y la voz quedó hecha polvo, pero nadie se fue arrepentido. En Medellín, esa noche, se cantó hasta quedarse sin voz… y eso también dice mucho de la ciudad.




