Nos reportamos desde una pregunta que suena descabellada, pero no lo es tanto: ¿por qué Donald Trump volvió a hablar de Groenlandia como un territorio de interés estratégico para Estados Unidos? La respuesta corta es poder; la larga combina historia, geopolítica, clima y recursos. Groenlandia —la isla más grande del planeta— no es un capricho helado: es una pieza central del tablero ártico en el siglo XXI.
ABC rápido para ubicarnos. Groenlandia está en el Ártico, entre América del Norte y Europa, más cerca de Canadá que de Europa continental. Políticamente pertenece al Reino de Dinamarca, pero goza de amplia autonomía: tiene gobierno propio, parlamento y control sobre la mayoría de sus asuntos internos, aunque defensa y política exterior siguen en manos de Copenhague. Su nombre en lengua local es Kalaallit Nunaat y su capital es Nuuk, una ciudad pequeña, moderna y sorprendentemente cosmopolita para su tamaño.
Los antecedentes explican mucho. Durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría, Estados Unidos instaló bases militares en Groenlandia por su valor estratégico frente a la Unión Soviética; la más conocida es la de Thule. En 2019, Trump agitó titulares al sugerir “comprarla”, idea que Dinamarca rechazó de inmediato. No era una ocurrencia inédita: EE. UU. ya había explorado esa posibilidad en el siglo XX. El punto de fondo nunca fue la compra, sino el interés permanente.
¿Por qué es tan valiosa hoy? Primero, por seguridad y geopolítica: Groenlandia controla rutas aéreas y marítimas del Ártico que ganan relevancia con el deshielo. Segundo, por recursos naturales: tierras raras, minerales críticos y potencial energético, claves para tecnologías, defensa y transición energética. Tercero, por clima y ciencia: su enorme capa de hielo es un laboratorio natural para entender el cambio climático, algo que influye directamente en decisiones económicas y de seguridad global.
¿Y cómo se vive allí? Groenlandia tiene poco más de 56.000 habitantes, muchos de ellos inuit. La vida combina tradición y modernidad: pesca y caza conviven con universidades, startups pequeñas y servicios públicos robustos. El clima es extremo, sí, pero la sociedad es organizada y con altos niveles de cohesión. La autonomía es un tema sensible y el debate sobre una independencia plena de Dinamarca existe, aunque con cautela por los costos y responsabilidades que implicaría.
Por eso este tema importa. Cuando Trump menciona Groenlandia no habla de una isla lejana, sino de quién controlará el Ártico en las próximas décadas. En un mundo que se recalienta, donde las rutas cambian y los minerales mandan, Groenlandia dejó de ser un punto blanco en el mapa para convertirse en una de las llaves del poder global. Y cuando las grandes potencias miran al norte, conviene prestar atención.





