Nos reportamos desde una de esas historias que muchos colombianos sienten como propia. Don Jacobo, la marca que durante años fue sinónimo de moda masculina clásica, vitrinas sobrias y ese “traje para toda la vida”, entró oficialmente en proceso de liquidación, marcando el cierre de un ciclo para uno de los nombres más reconocidos del comercio tradicional en Colombia.
Para entender lo que pasó hay que mirar el contexto completo. Don Jacobo no era solo una tienda: era una forma de vestir y de entender el consumo, construida sobre calidad, atención personalizada y un público fiel. Sin embargo, el cambio acelerado en los hábitos de compra, la competencia de marcas internacionales, el auge del comercio electrónico y el golpe prolongado que dejó la pandemia terminaron por tensionar un modelo de negocio que no logró adaptarse al nuevo ritmo del mercado.
La liquidación, como suele ocurrir en estos casos, no significa una desaparición inmediata, sino un proceso ordenado para vender inventarios, cumplir obligaciones y definir el destino final de la marca. En otras palabras, Don Jacobo entra en una etapa de cierre comercial progresivo, con descuentos fuertes para el público y decisiones clave sobre activos, locales y posibles compradores interesados en rescatar el nombre o parte de la operación.
¿Y qué sigue ahora? Hay varios escenarios sobre la mesa: desde el cierre definitivo de las tiendas físicas, hasta la posibilidad de que la marca sea adquirida y relanzada bajo un formato más ligero, digital o especializado. No sería la primera vez que una marca histórica “muere” en el papel, pero renace en una versión más acorde con los nuevos tiempos.
Por eso esta historia importa. Lo de Don Jacobo no es solo la liquidación de una empresa, sino un símbolo de cómo el comercio tradicional colombiano enfrenta una transformación profunda. Es una lección sobre adaptación, consumo y futuro empresarial. Hoy la marca se despide de una etapa; mañana, quizá, vuelva a aparecer con otro traje, pero en un escenario completamente distinto.





