Columnista | La confianza digital comienza con una pregunta: ¿quién está realmente del otro lado?

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Por Simbad Ceballos / CEO de OlimpIA

Durante años, la seguridad digital se concentró en proteger dispositivos, redes y bases de datos, pero eso ha cambiado, hoy el principal desafío ya no está en la infraestructura, sino en la identidad. La pregunta más importante dejó de ser qué información protegemos, pasando a ser: ¿cómo verificar que la persona es realmente quien dice ser? 

Ese cambio marca un punto de inflexión para ciudadanos, empresas y gobiernos. La transformación digital ha permitido ofrecer servicios más ágiles y ampliar el acceso a productos financieros, trámites públicos y experiencias completamente remotas. Sin embargo, ese mismo proceso ha incrementado el valor de la identidad como principal objetivo del fraude. Los ciberdelincuentes ya no necesitan vulnerar complejos sistemas informáticos si pueden hacerse pasar por un usuario legítimo.

La inteligencia artificial aceleró aún más esta transformación. Los contenidos sintéticos, las voces clonadas y los deepfakes han demostrado que la apariencia ya no es una garantía de autenticidad. Lo que hace apenas unos años parecía una posibilidad remota ya forma parte de las herramientas utilizadas para cometer fraudes financieros, acceder a cuentas digitales o engañar a personas y organizaciones mediante sofisticadas técnicas de ingeniería social.

Esta realidad también está impulsando cambios en el ámbito regulatorio. En Colombia, la entrada en vigencia de la Ley 2573 de 2026 fortalece las medidas de protección frente a los casos de suplantación de identidad y eleva las exigencias para las organizaciones en materia de validación, trazabilidad y gestión de evidencias. 

Más allá de una obligación legal, la norma reconoce una realidad ineludible, la identidad digital se ha convertido en uno de los activos más valiosos de la economía digital y su protección es fundamental para construir confianza.

Por esta razón, la conversación sobre seguridad digital también debe evolucionar. Durante mucho tiempo hablamos de autenticación como un proceso basado en contraseñas, códigos o documentos. Actualmente, esos mecanismos, aunque siguen siendo necesarios, pero resultan insuficientes frente a amenazas capaces de imitar con precisión la identidad de una persona. El reto ya no consiste únicamente en validar un dato, sino en verificar la autenticidad de quien está detrás de una interacción.

La biometría y las tecnologías de captura viva representan un cambio de paradigma; no se trata simplemente de comparar un rostro con una fotografía o una huella con un registro previamente almacenado, en realizar se debe comprobar, en tiempo real, que quien está interactuando es una persona real, presente y autorizada, reduciendo significativamente el riesgo de fraude mediante imágenes manipuladas, videos pregrabados o contenidos sintéticos generados por inteligencia artificial.

Este cambio tiene implicaciones que van mucho más allá de la seguridad. Cada proceso de verificación exitoso fortalece la confianza sobre la que operan la banca digital, comercio electrónico, salud, servicios públicos y, en general, cualquier organización que interactúe con sus usuarios a través de canales digitales. 

Estamos entrando en una nueva etapa de transformación digital. La inteligencia artificial seguirá ampliando capacidades dentro de las organizaciones, pero también elevará el nivel de sofisticación de riesgo y fraude. La diferencia estará en la capacidad de desarrollar mecanismos de confianza que evolucionen con la misma velocidad que las amenazas.

Precisamente, el futuro de la identidad digital y el desafío de construir confianza sin fricción serán algunos de los ejes centrales de Next Gen ID 2.0, el evento que realizará OlimpIA el 24 de septiembre, y que reunirá a expertos para analizar cómo los procesos de validación biométrica están redefiniendo la seguridad de las organizaciones y la experiencia de los ciudadanos.