La muerte de Kevin Arley Acosta no puede ser una cifra más en las estadísticas frías del sistema de salud. No puede convertirse en un titular pasajero ni en un debate técnico que se diluya en discursos burocráticos. Kevin era un niño de apenas 7 años con hemofilia, una condición que exige tratamientos oportunos, seguimiento constante y, sobre todo, humanidad. Su fallecimiento nos duele, pero también nos indigna. Porque cuando el Estado falla en garantizar la atención a un paciente con una enfermedad huérfana o de alto costo, no estamos ante un error administrativo: estamos ante una tragedia moral.
He recorrido el Tolima, he estado en el Huila, he escuchado a madres angustiadas, a padres desesperados, a abuelos que no entienden por qué la autorización de un medicamento se convierte en una carrera de obstáculos. Lo que ocurrió con Kevin Arley Acosta es el reflejo de una crisis profunda del sector salud que hoy aqueja a todo el país. Una crisis que no nació ayer, es cierto, pero que en lugar de enfrentarse con responsabilidad y sentido humano, fue agravada por decisiones improvisadas, por la falta de gestión y por una visión ideologizada que terminó por destruir lo que ya estaba debilitado.
Pero lo más doloroso es que esta tragedia no solo terminó con la vida de un niño; también ha revictimizado a su madre. Con indolencia y desprecio, el presidente Gustavo Petro, eludiendo la responsabilidad directa que le asiste a su gobierno, decidió culparla por haber permitido que su hijo montara en bicicleta, como si esa actividad hubiese sido la causa de su muerte y no la falta de suministro oportuno del medicamento que requería. Esa afirmación no solo es injusta, es profundamente inhumana. Y no puede pasarse por alto que la Nueva EPS se encuentra intervenida por el Estado, lo que significa que el agente interventor ha sido designado por el Superintendente de Salud. Es decir, la responsabilidad en la prestación del servicio recae hoy directamente sobre el Estado. No hay lugar para excusas.
No era un secreto que el sistema de salud tenía problemas estructurales. Pero el remedio terminó siendo peor que la enfermedad. En vez de procurar soluciones técnicas, concertadas y responsables, el Gobierno Nacional profundizó la incertidumbre, debilitó la red de prestadores y generó un ambiente de caos que hoy pagan los más vulnerables. Y eso es lo más grave: quienes están sufriendo no son los poderosos, no son los burócratas, no son quienes toman decisiones desde un escritorio en Bogotá. Son los niños con enfermedades complejas, son las personas humildes en las regiones, son los pacientes en municipios apartados que hoy no saben si mañana tendrán su tratamiento.
El Tolima y el Huila se han convertido en símbolo de una realidad que se repite en muchos departamentos. Hospitales con dificultades financieras, demoras en pagos, escasez de medicamentos, trámites interminables. Miles de personas afectadas por un sistema que, lejos de fortalecerse, parece haber sido empujado al abismo. No podemos esperar a que sean miles los fallecidos injustamente por la desatención causada por la falta de gestión del Gobierno para entender que hay que tomar decisiones acertadas y urgentes.
Este es un momento determinante para Colombia. No se trata solo de “salvar” el sector salud; se trata de iniciar su reconstrucción con responsabilidad, con técnica, con diálogo y, ante todo, con sentido humano. Se trata de poner al paciente en el centro, de garantizar continuidad en los tratamientos, de devolver la estabilidad financiera y operativa a la red hospitalaria. Se trata de entender que la salud no es un experimento ideológico, sino un derecho fundamental que exige gestión, experiencia y compromiso.
He asumido este tema como un compromiso personal y político. Desde el Centro Democrático hemos advertido que el rumbo adoptado estaba llevando al sistema al colapso. Hoy la realidad nos golpea con fuerza, pero no podemos resignarnos. No podemos permitir que más familias atraviesen el dolor que hoy vive la familia de Kevin Arley Acosta.
El próximo 8 de marzo el país tomará una decisión trascendental en torno al Congreso de la República. No es una elección más. Es la oportunidad de elegir representantes que entiendan la gravedad del momento y que estén dispuestos a reconstruir lo que hoy está destruido. Yo seguiré levantando la voz por las familias del Tolima, por los pacientes del Huila, por los colombianos que sienten que el sistema les dio la espalda cuando más lo necesitaban.
Que la muerte de Kevin Arley Acosta no sea en vano. Que su historia nos sacuda la conciencia y nos obligue a actuar. Colombia no puede normalizar la tragedia. Es hora de tomar decisiones firmes, responsables y humanas.
Carlos Edward Osorio
Representante a la Cámara
Centro Democrático
101 cabeza de lista – Departamento del Tolima





