Nos reportamos desde la Casa Blanca, donde este martes se vivió una de esas citas que nadie creía posible, por lo menos no hace unos pocos meses. Donald Trump recibió en el Salón Oval a Gustavo Petro, en un encuentro que duró más de dos horas y que marcó un punto de inflexión en unas relaciones bilaterales cargadas de tensiones y críticas mutuas.
La escena, más propia de una película de puentes diplomáticos que de las noticias de los últimos meses, arrancó con un apretón de manos firme, miradas directas y sonrisas contenidas. No hubo guardia de honor tradicional ni desfile protocolario, sino una reunión a puerta cerrada, con comitivas de ambos países sentadas en torno a la histórica mesa del Despacho Oval, acompañados por sus ministros, embajadores y principales consejeros.
El contraste con el pasado cercano es estruendoso. Hace no tanto tiempo, Trump había acusado a Petro de “gustar hacer cocaína y venderla a Estados Unidos”, mientras Petro había respondido con críticas duras a la política exterior estadounidense tras acciones militares en la región. Pero hoy, ese mismo contexto quedó en un segundo plano mientras ambos líderes presentaron el encuentro como productivo, positivo y, sobre todo, necesario para enfrentar desafíos comunes.
Las conclusiones principales hablan de cooperación sobre narcotráfico, seguridad regional y un posible reinicio de mecanismos de trabajo conjunto. Petro destacó que el diálogo fue tan fructífero que lo calificó de “9 sobre 10”, señalando que abordaron el combate a los cultivos ilícitos, estrategias de inteligencia y alternativas a la fumigación aérea, siempre con énfasis en la vida y la paz en los territorios afectados. Trump, por su parte, se refirió al encuentro como una “reunión muy productiva” y un “gran honor”.
Hubo también gestos simbólicos que rompieron el hielo: intercambios de regalos —incluyendo un libro con dedicatoria personal de Trump a Petro y un retrato firmado con mensajes afectuosos— y referencias cordiales al futuro de las relaciones entre Estados Unidos, Colombia y la región. Petro incluso hizo una broma diplomática con la icónica gorra de la administración estadounidense, adaptándola al espíritu de cooperación hemisférica.
Más allá de las palabras, la reunión apunta a una desescalada real, una en la que la cooperación en temas como narcotráfico, seguridad fronteriza y relaciones comerciales se vuelve central. Sin acuerdos firmados a la vista, sí quedó la sensación de que el clima político entre Washington y Bogotá cambió de rumbo, al menos por ahora.
Y por qué importa: esta reunión no fue una foto ni una declaración de intenciones aislada; fue un gesto de estabilidad y pragmatismo en un momento de volatilidad regional. Colombia, país estratégico en la lucha contra el crimen organizado y puente de múltiples agendas hemisféricas, vuelve a aparecer en el mapa diplomático de Washington con voz propia, dejando atrás una temporada de choques para caminar, aunque sea tentativamente, hacia acuerdos reales.





